¿Uno de los más grandes cancionistas que ha conocido el siglo XX? Sí, a fe que sí. Y de los más valientes e inconformistas, de los que nunca se limitaron a seguir haciendo lo que ya habían puesto en práctica con anterioridad. Lo comprendimos de manera preclara mucho después de este disco, con el admirable “Graceland” (1986) o el minusvalorado “The rhythm of the saints” (1990). Pero poner fin a uno de los dúos más exitosos de la historia para caminar en solitario ya era un gesto de audacia que allá por 1971 no todos los seguidores de Paul Simon supieron aceptar de buen grado. A mí me gusta con seguridad más este debut que los discos de Simon & Garfunkel; como mínimo, más que la emblemática despedida que supuso, año y pico antes, “Bridge over troubled water”. Que después de la ruptura el primer corte del neoyorquino fuera “Mother and child reunion”, infectado de un sabor jamaicano irresistible, suponía toda una declaración de intenciones: Paul prefería ir a su aire, no restringirse en opciones ni miras, comportarse como el fabuloso espíritu libre que no ha dejado de ser desde entonces. “Paul Simon”, con el aire andino de “Duncan” (¡qué canción!) o el punto desenfadado de la irresistible “Me and Julio down by the schoolyard”, era una fascinante exhibición de talento con el lápiz y el papel. Y así ha venido sucediendo durante las cuatro décadas y pico posteriores, aunque sea de manera cada vez más espaciada. Pero sin atenerse a normas, repeticiones ni, aún peor, medianías. A ver cuántos pueden acreditar semejante bagaje a los 76.

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