Resulta muy tentadora la idea de comparar este In Times New Roman…, regreso de Queens of the Stone Age seis largos años después de Villains, con But here we are, la reinvención de Foo Fighters tras la súbita y dramática pérdida de Taylor Hawkins, su batería de siempre. Ambos trabajos han visto la luz con muy pocas semanas de diferencia, retratan a dos bandas coetáneas al filo de las tres décadas de servicios a la causa del rock duro y sirven para gestionar desde el punto de vista anímico y artístico un momento de turbulencia severa; en el caso de QOTSA, el divorcio de su jefe de filas, Josh Homme, acuciado además por una batalla contra el cáncer que no había trascendido hasta fechas muy recientes. En ese sentido, este octavo trabajo hace las veces de catarsis apabullante: pocas veces habíamos escuchado a los californianos tan enfurruñados y dispuestos a expandir su rabia y fiereza, como si el rugido de las guitarras se erigiera en la única respuesta posible a las incertidumbres y miserias de esta aventura que es vivir.

 

Frente a los guiños a los ritmos bailables y la mucho más bondadosa producción de Mark Ronson que caracterizaba a su antecesor, In Times… apela a la esencia, el músculo y la bilis, representa un regreso en toda regla a los cuarteles de invierno y supondrá un festín ininterrumpido de tres cuartos de hora largos para los seguidores más clásicos del quinteto. Esta vez la banda ha preferido autoproducirse, por aquello de que el castigo a nuestros tímpanos no encuentre fisuras, pero la escritura de Homme sigue siendo tan brillante como para que el carácter rocoso de este repertorio no esté nunca libre de sorpresas. De ahí, por ejemplo, las irrupciones puntuales pero espectaculares de un cuarteto de cuerda, que hace su primer acto de presencia para interrumpir a los dos minutos el envenenado tema de apertura, Obscenery. El efecto remite directamente a los Beatles, así que los firmantes pueden sentirse legítimamente ufanos.

 

Paper machete certifica ese espíritu de ebullición salvaje, que la propia banda intensifica con su gusto por reducir al mínimo el espacio entre canciones. De esa manera, el riff seco y pedestre de Negative space estalla cuando hemos echado el freno de su antecesora apenas unas décimas de segundo atrás. Y este itinerario por los avernos eléctricos más excitantes se prolonga con Time & place, más turbulenta y orillada al blues, o la pesada y machacona Made to parade, que invita a darle la vuelta al vinilo con la sensación de que el grupo seguirá sacudiéndonos las meninges sin un solo resquicio para que tomemos aire.

 

Es esa una impresión que se refrenda en la segunda mitad de la entrega, probablemente mejor aún que la cara A, sobre todo si atendemos a la experimentalidad psicodélica de Sicily y a la pegada fabulosa y adictiva de Emotion sickness, primer adelanto del trabajo y uno de los mejores singles de los Queens –¡ese estribillo casi AOR!– en los veintimuchos años que abarca ya su hoja de servicio. Pero antes de eso hemos tenido ocasión de comprobar que Josh también ama a Bowie (Carnavoyeur es una exhibición vocal a la manera de un gran crooner) y hasta puede jugar con garantías en la liga del glam rock, como refrenda What the peephole say.

 

En el fondo, y por regresar al principio de todo, no teníamos mayor necesidad de decantarnos entre QOTSA y FF. Ambos nos ayudan a mantener la fe en la religión de guitarras, últimamente tan necesitada de nuevas vocaciones.

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