Volvieron Suede cuando nadie los esperaba ya, y ahora la magnífica noticia es que parecen muy dispuestos a quedarse. “Bloodsports” (2013) fue un reencuentro magnífico, un retorno a las esencias de la mejor época; “Night thoughts” (2016), una prolongación correcta, quizá algo estática; y “The blue hour”, un salto al vacío, a buen seguro lo más arriesgado que han grabado nunca los londinenses, con el valor añadido de que en la frontera de los cincuenta y con la fórmula consolidada habrían podido atrincherarse en territorios más seguros. Pero lo cierto es que en la inaugural “As one” tardamos minuto y medio en escuchar la voz de Brett Anderson, que nos hace entrega de una pieza épica, misteriosa, casi más propia de la banda sonora para una serie fantástica que de un grupo acostumbrado a poner boca abajo los pabellones. A Suede siempre les han gustado los oropeles y la grandiosidad, pero aquí se abonan directamente a la pompa. Las guitarras de Richard Oakes, que nos hicieron ya hace tiempo olvidarnos de Bernard Butler, crepitan maravillosamente en “Wastelands”, “Life is golden” es uno de los mejores sencillos en los 25 años de historia de la banda y la épica de “Mistress” nos hace pensar más en Marillion que en los aledaños del brit-pop que definió la década de los noventa. Hay en realidad mucho guiño sinfónico en este disco, empezando por sus generosos 52 minutos de duración y siguiendo por la manera de encadenar las piezas, esos interludios incidentales o el cierre casi a modo de apoteosis de siete minutos con “Flytipping”. Puede haber seguidores desconcertados, sí, y no descartemos que se registren deserciones, pero “The blue hour” es un fascinante golpe de autoridad “prog”, un laberinto en el que perderse y asombrarse, el arrebato valiente de quienes se adentran en el bosque en vez de repantingarse en la poltrona. Bravo.

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