Después de dos elepés tan valiosos como elevados, filosóficos y místicos, a la madrileña Sofía Comas le sienta muy bien poner los pies en el suelo, bajar a territorios más mundanos y abrazar una cotidianidad a la que hasta ahora le había tenido menos aprecio, al menos a efectos artísticos. La toma de tierra se la han terminado proporcionando una serie de viajes por México, uno de esos países ante los que es imposible salir indemne, y el resultado es una colección de historias con pálpito, amor (o descalabro), humor, desparpajo, nocturnidad y vida, mucha vida. Son 10 canciones sin mácula para un disco que tiene regusto clásico en el mejor sentido del término: cinco piezas por cara que siempre buscan pellizcar, estimular o seducir; ni el más mínimo atisbo de barroquismos o circunloquios, y una espontaneidad que acabará resultando cautivadora a cada instante.
A Comas le sienta bien, muy bien, esa mezcla entre sofisticación, misterio y descaro con la que hace confluir a la persona y al personaje, ese punto de magnetismo que le permite mirarnos desde la portada sin remilgos, a ratos enigmática y otras acaso desafiante. Su escritura se ha vuelto directa y no pocas veces jocosa: puede movernos a la ternura o el hedonismo, pero también a esos ajuste de cuentas sentimentales que, en contra de lo que piensan algunos modernos seguidistas, no son invento exclusivo de la autora de La perla ni, ejem, atribuibles a ella. “Me dejaste como última ofrenda un jarrón con flores muertas / aprendí que hay que tirarlas sin mostrar miedo ni pena”, proclama con dolor y orgullo en Ranchera protectora. Y el desquite definitivo llega en la memorable Ojalá la vida, que dedica a un “esperpento” al que con seguridad le estarán escociendo ahora mismo los oídos: “Tú siempre siendo infiel / Yo otra vez tan despechada / Tengo sed y me das leche salada”.
Quizá lo más enigmático, y hasta dudoso a efectos de mnemotecnia, sea ese personaje central (y titular) que encuentra su bautismo a partir de la lengua indígena nahuatl: tecuani es “comehombres”, caroca significa “carantoña” y la combinación de ambos términos define a una suerte de jaguar romántico, con sus garras seguramente bien afiladas pero también, quizá, una flor asomándole entre los colmillos. El amor, ya se sabe: esa arma de doble filo. Y qué mejor que invocarlo a través del son jarocho o la apelación a los universos paganos y desgarrados de Juan Gabriel o José Alfredo Jiménez. Todo coherente y bien encaminado. Todo apuntando hacia el centro de la diana.
Dos colaboraciones inesperadas y suculentas terminan por salpimentar el menú. La chilena Javiera Mena asoma por El precipicio, una cumbia pausada, sensual y ambivalente: hay que estar predispuestos al abrazo, pero también quererse a uno mismo en situaciones de soledad. Por su parte, Nacho Vegas aporta su voz mustia y afligida a El amar y el querer, un clasicazo de nuestro Manuel Alejandro para José José que acaba recordando el papel insólito del asturiano cuando se atrevió cuatro años atrás a hincarle el diente a Manuela, de Julio Iglesias. Aunque la gran revelación es la de Sonex y sus guitarricas jarochas, las jaranas, en La menudita, una melodía tan pequeña, en efecto, como encantadora.
Y así, con aires de verbena y fiesta popular, con aroma a tierra mojada, mezcal, con tanta sazón como una buena cochinita pibil sazonada durante sus buenas 72 horas, Tecuán caroca acaba convertido en un álbum profundamente conquistador, un dietario vitalista, una invitación a exorcizar demonios, salir a la calle y disfrutar de lo que el destino tenga a bien depararnos. Llámenlo talismán, si quieren: un disco así solo puede propiciar cosas buenas.