Hace ya demasiados años, no menos de 30, que Stevie Wonder dejó de ser un músico prolífico, y a estas alturas se nos pierde en la memoria su último elepé de material inédito (el remoto A time to love, de 2005). De hecho, y más allá de algunos efímeros sencillos en formato digital, hemos perdido la esperanza de que regrese a la primera línea para alegrarnos la vida como tantas veces hizo en sus buenos tiempos. Pero hubo momentos en que el genio de Michigan era lo bastante prolífico como para que regalase material de autoría propia, a menudo extraordinario, a compañeros de escudería discográfica. O para que amigos, camaradas y admiradores de notable pedigrí rebuscaran canciones más o menos recónditas o escudriñaran en caras B hasta localizar pequeñas joyas brillantes, gozosas y plenamente reivindicables. Y de todo ello, de donaciones y rarezas (en distinto grado), trata esta antología absolutamente encantadora.
Tenía que ser el sello Ace Records, uno de los faros imprescindibles para el coleccionismo musical, quien homenajeara de esta manera a uno de los músicos más decisivos e influyentes (además de generosos) del siglo XX. El título es del todo elocuente (en la misma factoría ha habido Black America sings… previos dedicados a Bob Dylan, Otis Redding, Sam Cooke y The Beatles) y reúne 20 canciones de otros tantos artistas, muchos de ellos importantísimos, que grabaron composiciones del gran Stevland Morris. Composiciones, insistimos, inéditas en no pocas ocasiones: obsequios de Stevie a sus allegados.
Pocos ejemplos tan elocuentes como Let’s get serious, el corte de 1980 que abre la selección: habría encontrado acomodo en el álbum Hotter than July, pero Wonder se lo quiso donar a un hombre de apellido ilustrísimo, Jermaine Jackson, casado entonces con una de las hijas de Berry Gordy, fundador de la Motown. El tercero de los hermanos tituló su sexto elepé en solitario con esa monumental descarga de funk-soul que le catapultó durante seis semanas hasta el número 1 en las listas de rhythm & blues.
Generosidad, se le llama a eso. Pero a ese respecto existe un ejemplo todavía más palmario en el caso de Tell me something good, obra maestra de 1974 que le cambió la vida a la banda de funk Rufus y, sobre todo, a su flamante fichaje como vocalista, Chaka Khan. Chaka tenía entonces 21 añitos, una voz con cuatro octavas de tesitura… y toneladas de desparpajo. Porque Stevie acudió a los ensayos, ella le pidió una canción inédita, el compositor le hizo entrega de una muy apreciable Come and get this stuff… y la pipiola Chaka Khan tuvo el cuajo o el valor de decirle: “No me acaba de convencer. Pásanos otra”. La canción rechazada acabaría ese mismo año en labios de Syreeta Wright, exmujer de Stevie, que se quedó lejos de las cotas de popularidad de Chaka y Rufus.
La tercera pieza celebérrima que recupera la colección es, claro está Until you come back to me (That’s what I’m gonna do), hito sublime de Aretha Franklin de 1973 que, en contra de lo comúnmente creído, no era del todo un regalo ni una partitura confeccionada a medida. El propio Stevie la trabajó en 1967, aún por debajo de la mayoría de edad, le confirió un tono cercano a la bossa nova y, poco satisfecho con el resultado, la dejó orillada en el cajón de los trabajos inéditos. Solo el éxito de Aretha le animó a compartir su versión original dentro de Looking back (1977), antología en triple vinilo de viejas grabaciones.
Todo lo demás, en estos 80 minutos de música, se corresponde con descubrimientos muchísimo menos evidentes: canciones más bien olvidadas, pese a su ilustre firmante, y artistas que solo los muy cafeteros guardarán en la memoria. Sirva como ejemplo preclaro el de la diva del disco-funk Betty Wright, una muchacha que había debutado discográficamente ¡a los dos años! con sus hermanas en un grupo de góspel, The Echoes of Joy, y a la que Wonder escribió y produjo en 1981 la encantadora What are you going to do with it. Y puede que aún sean menos quienes recuerden al fantástico quinteto vocal de Brooklyn The Persuasions, a los que apadrinó en su día Frank Zappa (ferviente enamorado de la música a capela, contra todo pronóstico) y que en 1971 descubrieron y reinventaron una cara B desconocidísima de Stevie, Don’t know why I love you.
Una penúltima sugerencia, que entra ya casi en el ámbito de lo misterioso, es We had a love so strong, registrada en 1982 por Randy Crawford. Era por entonces una cantante bien popular de música negra (en España, muchísimo), pero nadie pareció de aquella caer en la cuenta de la belleza de ese otro original. Misterios del éxito o de la indiferencia, como en el caso de You’re the one for me, balada fabulosa y regalo de un Stevie Wonder de 16 añitos a su amigo y compañero de discográfica Marvin Gaye, que en 1966 sumaba 27. Marvin había tocado la batería para Stevie y el genio precoz quiso devolverle el favor con esta balada, que además alejaba a Marvin de la imagen de ídolo juvenil. Una canción lindísima con la que, a efectos comerciales, no sucedió nada de nada.