No es disparatado sospechar que el bueno de Chris de Burgh se quedará para siempre con el sambenito del “one hit wonder”: no hemos terminado de pronunciar su nombre y ya se nos viene a la cabeza “The lady in red”, aquel baladón atribulado y seguramente excesivo, pero bien se ve que inolvidable (¿o no lo estamos tarareando mentalmente ahora mismo?). A la cancioncita en cuestión aún le faltaba un disco para ver la luz cuando apareció este trabajo, metáfora de la (in)comunicación entre los seres humanos en los tiempos en que para comunicarnos se precisaban largos cables ondulados y un auricular tan aparatoso que hoy casi nos parece un arma blanca (o, en este caso, roja). De Burgh, hombre de voz candorosa y aguda, se alió con Rupert Hine, entonces el productor más afamado en aquellos primeros tiempos del synth-pop, para demostrarle al mundo que también podía dedicarse a los estribillos bailables. “High on emotion” era un muy buen single, al igual que “Taking it to the top”, y la demostración de que nuestro muy sentimental caballero podía también darle esquinazo a la congoja. Cuidado, había aquí al menos tres baladas excepcionales, desde “The head and the heart” a la preciosa “Much more than this” y esa despedida sutil y crepuscular que era “Transmission ends”. Tendemos a minusvalorar a De Burgh como un hombre almibarado en tonos pastel, un tipo de maneras atildadas al que el tiempo colocó en alguna de las nebulosas de la anacronía. Y puede que a veces todo ello sea cierto, pero quien descubra o reescuche el pop cristalino y efectista de estas diez canciones puede llevarse una sorpresa monumental. Por cierto, Chris sigue en activo y grabó el año pasado su álbum número 21. Ahí queda eso.

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