No parece disparatado sospechar que el bueno de Chris de Burgh se quede para siempre asociado con el sambenito del one hit wonder: no hemos terminado aún de pronunciar su nombre y ya se nos viene a la cabeza The lady in red, aquel baladón sintetizado, generoso en afectación y seguramente excesivo, pero bien se ve que inolvidable (¿o no lo estamos tarareando mentalmente ahora mismo?). Al himno amoroso en cuestión aún le faltaba un disco para ver la luz cuando apareció este trabajo, metáfora de la (in)comunicación entre los seres humanos en los tiempos en que para comunicarnos se precisaban largos cables ondulados y un auricular tan aparatoso que hoy casi nos parece un arma blanca (o, en este caso, roja).

 

De Burgh, tan característico por su voz candorosa y aguda, llamaba ya de entrada la atención por su biografía distinguida, casi novelesca. El destino le mandó nacer en Venado Tuerto (provincia de Santa Fe), Argentina, por esas cosas que suceden en las familias de los diplomáticos: su padre, el coronel Charles John Davison, era un ingeniero que llevó consigo a la familia por destinos tan singulares como el Congo belga, Nigeria o Malta. Los Davison no asentaron la residencia hasta que a la familia le dio por comprarse un castillo del siglo XII en el condado irlandés de Wexford, así que es en la isla esmeralda donde más presumen de nuestro amigo Christopher John. Aunque los vecinos británicos también sacan pecho, puesto que en 1974 fue el sello A&M el que fichó a De Burgh, entonces a punto de cumplir 28 años, y le encomendó que ejerciese como telonero de Supertramp de cara a la gira de Crime of the century.

 

De ahí nace el Chris de Burgh primigenio, amigo de un art-rock lírico y preciosista, hermoso y demodé casi antes de ver la luz. Brillante muchas veces, pero solo para muy enterados. Hasta que los ochenta, siempre tan rimbombantes, propiciaron un enfoque muy distinto. Chris se alió con Rupert Hine, entonces el productor más afamado en aquellos primeros tiempos del synth-pop, para demostrarle al mundo que también podía dedicarse a los estribillos bailables. Y era verdad.

 

High on emotion era un muy buen single, al igual que Taking it to the top, y la demostración de que nuestro muy sentimental caballero podía también darle esquinazo a la congoja. Cuidado, había aquí al menos tres baladas excepcionales, desde The head and the heart a la preciosa Much more than this (tan lenta, tan emotiva en sus notas agudas) y esa despedida sutil y crepuscular que era Transmission ends. Tendemos a minusvalorar a De Burgh como un hombre almibarado en tonos pastel, un tipo de maneras atildadas al que el tiempo colocó en alguna de las nebulosas de la anacronía. Y puede que a veces todo ello sea cierto, pero quien descubra o reescuche el pop cristalino y efectista de estas diez canciones puede llevarse una sorpresa monumental. Más allá de que el argentino-británico-irlandés sume por encima de los 20 álbumes y casi nadie parezca conservarle en sus oraciones.

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