Poca cosa queda a estas alturas de aquel veinteañero rubito de aspecto angelical y pies descalzos que se sentó frente al piano en el programa de Jools Holland y nos cortó en seco la respiración con Another love, un éxito colosal que le sirvió para granjearse la etiqueta de «el nuevo Chris Martin» y que, como todo cataclismo con trazas de one hit wonder, pudo catapultarlo en su momento y sepultarlo con el paso de los años. Thomas Peter Odell cumplirá este mismo otoño los 35, contrajo matrimonio hace un par de temporadas y ha afilado su apariencia física, el sonido y hasta la punta de un lápiz con el que se ha especializado en garabatear páginas que se clavan en el oído y la conciencia como aguijones.

Porque A wonderful life, su ya séptimo elepé y prolongación de Black Friday (2024), del que no había transcurrido ni año y medio, es un álbum dolorido, angustiado, alentador y soberbio, todo a la vez: el mejor ejemplo de que Odell, aunque haya perdido muchísimo foco mediático, ha apuntalado una escritura cada vez más esencial, trascendental y profunda. Y, en el caso que nos ocupa, casi siempre emocionantísima.

Ha explicado estos meses previos el autor de álbumes como Wrong crowd (2016) o Jubilee road (2018) que la elaboración de estas 10 nuevas canciones se volvió particularmente detallista y puntillosa, con unas letras que fueron concebidas, revisadas y cinceladas durante incontables viajes en tren y horas muertas a lo largo de nueve meses de implicación frenética y concentración casi febril. Y no poco de esa pasión quintaesencial acaba transmitiéndose con unas piezas que hermanan belleza y visceralidad, que son el reflejo mismo de las angustias de su autor pero también de su grandeza, resiliencia y ansias por reflotar y asomar de nuevo la cabeza. No es aventurado imaginar que el de Chichester es un muchacho vulnerable y atormentado, que incluso le dedicó un álbum entero (el oscuro y escalofriante Monsters, de 2021) a las negras sombras de la depresión y demás formulaciones de las incertidumbres vitales. Aquí sigue batiéndoselas en duelo con unos cuantos fantasmas, pero sale clamorosamente triunfante y redimido de la afrenta. Incluso en el plano de los números y la empresa: despedido en su momento de Columbia/Sony tras aquellos Monstruos tenebrosos e intimísimos, nunca había sonado tan expansivo y reactivado como ahora.

A ese sonido eminentemente mercurial le ayuda, y mucho, que A wonderful life se haya grabado en estudio, pero con los músicos tocando en vivo y de manera simultánea. Esa vivacidad es evidente, y hasta flagrante, en la relativa tosquedad y evidente contundencia de una banda que vibra y resuena, en la que las baterías retumban y las guitarras crepitan. Entre otras cosas, porque todo hace sospechar que este nuevo repertorio se ha compuesto mucho más a partir de la guitarra que en la banqueta frente al piano. De ahí que Odell se transfigure en un Thom Yorke rubio para Can we just go home now, una pieza que cualquiera habría avalado para los Radiohead en los años de The bends. O que la sombra alargada pero siempre reverencial de Elliott Smith aflore con la letanía de Prayer.

La vida puede ser maravillosa (Wonderful life), pero no está exenta de abundantes elementos que refrendan su parte de fealdad (Ugly), y seguramente no sea casual que estos dos títulos antitéticos se presenten de manera consecutiva en un trabajo que tiene mucho de ying y de yang, de tira y afloja anímico y conceptual por parte de un artista ultrasensible que debe de haber sufrido lo indecible, pero también gozado y propiciado el goce a su alrededor. Por eso, por todo lo que tiene de sincericidio a calzón quitado, acaba emocionando tanto este álbum sin tapujos. El retrato puesto al día de un chico con tanto éxito como incertidumbres; un ser humano frágil que solo anhela, como anhelamos todos, The end of suffering. Tremendo.

2 Replies to “Tom Odell: «A wonderful life» (2025)”

    1. Muy buena elección de disco del año, Pablo. Y lo de las listas… un entretenimiento como otro cualquiera. Siempre hay damnificados que no aparecen, y este es un magnífico ejemplo

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