Habrá ahora quien disimule, y hasta se abrace a un férreo negacionismo, pero en sus buenos tiempos a todos nos gustaban Dire Straits. Y quien viviese la excitación que provocaba cada uno de sus nuevos discos lo recordará y acabará admitiendo, por mucho que las desafecciones posteriores hayan llenado las cubetas de La Metralleta con esos viejos vinilos de Mark Knopfler y los suyos. Yo, sin llegar a ejercer ninguna militancia, los disfruté todos salvo “On every street”, que ya era insulso, desenfocado y decadente; pero ninguno tanto como ese debut crudo y fulgurante, “Dire Straits” (mucho más que solo el-disco-de-Sultans-of-Swing) y esta tercera entrega, la que dio de una vez por todas medida a las ambiciones del amigo Mark como compositor de altos vuelos. Ahí estaba, como quien enseña los colmillos, esa apertura con “Tunnel of love”, ocho minutos inapelables en los que los Straits cambiaban el alcance de su discurso: del garito o la sala de conciertos al pabellón y los estadios. La banda se refinaba, dejaba hueco a influencias clásicas o jazzísticas, incluso ponía el broche con el toque cabaretero de “Les boys”, sobre un club gay en Munich, aunque la letra se queda por desgracia muy cerca de la homofobia. Tampoco entendí nunca esa portada tan rematadamente sosa, pero el resto era gloria. Desde luego, en todo lo relativo a la cara A, que se completaba con otras dos piezas de cierta extensión, “Romeo and Juliet” y “Skateaway”, que casi cuatro décadas más tarde siguen provocando cosquilleos. Disimularlo sería ridículo, así que, definitivamente, no será el caso aquí…

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