Habrá ahora quien disimule, y hasta se abrace a un férreo negacionismo, pero en sus buenos tiempos a todos nos gustaban Dire Straits. Y quien viviese la excitación que provocaba cada uno de sus nuevos discos lo recordará y acabará admitiendo, por mucho que las desafecciones posteriores hayan llenado las cubetas de La Metralleta (sustitúyase por la tienda de segunda mano más cercana) con esos viejos vinilos de Mark Knopfler y los suyos.

 

Sin llegar a ejercer ninguna férrea militancia, todos resultan hoy particularmente disfrutables salvo, en todo caso, el sexto y último, On every street (1991), que llegó a trasmano, después de seis años de barbecho, y ya era insulso, desenfocado y algo decadente. Pero cómo negarle pan y sal a aquel debut crudo y fulgurante, Dire Straits (mucho más que solo el-disco-de-Sultans-of-Swing). Y, muy en particular, a esta tercera entrega, la que dio de una vez por todas medida a las ambiciones del amigo Mark como compositor de altos vuelos.

 

Aquí estaba, como quien enseña los colmillos, esa apertura con Tunnel of love, ocho minutos inapelables en los que los Straits cambiaban el alcance de su discurso: del garito sudoroso o la sala de conciertos al pabellón y los estadios. La banda se refinaba, dejaba hueco a influencias clásicas o jazzísticas, incluso ponía el broche con el toque cabaretero de Les boys, sobre un club gay en Munich; un tema atípico y musicalmente excelente, aunque la letra, ay, se queda por desgracia muy cerca de la homofobia. Tampoco era fácil de asumir esa portada tan rematadamente sosa, pero el resto era gloria. Desde luego, en todo lo relativo a la cara A, que se completaba con otras dos piezas de cierta extensión, Romeo and Juliet y Skateaway, que tantas décadas más tarde, aún siguen provocando cosquilleos. Negarlo sería ridículo, así que, definitivamente, no será ni este ni aquí el caso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *