Estos son días melosos, cuando no de melaza, y cada cual los sobrelleva como buenamente puede. Yo he preferido dejarme abrazar por este disco, que es mimo y agarimo, y en consecuencia ha acabado convirtiéndose en mi escucha más reiterada de la semana. Me contaron que “Cantares” ha superado ya los 2.000 ejemplares en vinilo, cifra a día de hoy insólita para el formato y más aún para un proyecto tan cercano y casero como este, concebido con las zapatillas puestas y como un acto más de amor que seguramente de ambición. Pero sucede que Eladio Santos y sus amorosos cómplices han acertado, de pura naturalidad, con la tecla. Se colocan bajo los auspicios de la mesa camilla, dejan que les empape el orvallo (o, más bien, evocan aquellos tiempos en que Galicia era tierra lluviosa) y entregan ese disco que, ay, les habría encantado escuchar a papá y mamá. Y a mí y a las generaciones venideras, a menos a aquellas que no se dejen deslumbrar por los discursos unívocos de la globalidad. “Cantares” resulta universal porque huele a aldea, porque recupera la música de aquellos pioneros de la canción gallega que, a buen seguro, ni siquiera fueron muy conscientes de que estaban apuntalando las primeras piedras. Estas 12 canciones nos familiarizan o propician el reencuentro con Celso Emilio Batallán, Andrés do Barro, Emilio Cao, Fuxan os Ventos: esa gente. Poetas visionarios y sin ínfulas, tañedores de la naturalidad cotidiana, avanzadilla de un porvenir que nunca acabó de vislumbrarse. Al propio Eladio le sucede un poco lo mismo: es un esteta de la media voz, un caballero lúcido que siempre acaba prefiriendo la retranca al improperio. Por todo ello hablábamos de este álbum como un abrazo. Es un cariño, una carantoña: dos términos, por cierto, integrados en la toponimia gallega. Pero acaba traspasando la epidermis. Dejándonos lágrima y huella.

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