Un roquero que acaba de publicar nuevo disco se dispone a ofrecer un concierto promocional en Amoeba, una de las mejores y más icónicas tiendas de discos en Los Ángeles. No existe escenario como tal, sino que se adapta uno de los laterales, y entre las estanterías de vinilos se agolpan menos de un millar de aficionados, visiblemente orgullosos de haberse hecho con un hueco en el local después de larguísimas horas, incluso días, de espera al raso. Todo casi normal en el contexto del lanzamiento de un nuevo álbum, de no ser porque el artista en cuestión responde al nombre de Paul McCartney y figura entre los seres humanos más relevantes y admirables de todo el siglo XX. Esta grabación asombrosa, de la que hasta ahora solo los más devotos de Macca conocían cuatro canciones (un EP para coleccionistas de 2009, Amoeba secret), nos traslada a la megalópolis californiana en un radiante 27 de junio de 2007. El de Liverpool acababa de publicar Memory almost full, un álbum solo correcto, pero la traslación al directo de su repertorio y de los clásicos es sencillamente excitante. McCartney no se comporta como una venerable vaca sagrada de 65 años recién cumplidos, sino como un roquero con sed de electricidad, sudor y escenario. Y el resultado es, como mínimo, su mejor entrega en directo de este nuevo siglo. Paul y su engrasadísima banda pisan el acelerador, insuflan una vida inusitada, con varios finales en falso, a I’ll follow the sun (un clásico muy menor de los Beatles), se divierten con una breve y gozosa incursión en los años veinte (Baby face) y hasta puede que se pasen de frenada con Calico skies. Los nuevos temas cobran un vigor que el registro fonográfico no garantizaba del todo, en especial That was me y esa píldora de hard rock chirriante y expeditivo que es Nod your head, que pronto se evaporaría del repertorio. Y así, durante 80 minutos que son camaradería y éxtasis, una leyenda inmersa en el cara a cara y saliendo aún más engrandecido de él. Amoeba gig parece el típico capricho solo para completistas, pero no lo es. Macca guardaba en los archivos un tesoro de primera magnitud, y solo podemos felicitarnos de que haya decidido desclasificarlo.

 

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