Basta con echarle un vistazo a la portada para comprender que a estas alturas Sebastián Cruz no es ya ningún chiquillo. Qué va. Al cantaor onubense le asisten varios lustros de andanzas por tablaos y ese tipo de ocupaciones alimenticias menores, además de una vida entregada al campo, sus galgos y caballos y el oficio de matarife (!) como principal medio de sustento. En tales circunstancias, es fácil comprender que Zarabanda representa un renacimiento artístico de primera dimensión, o acaso el alumbramiento de una nueva voz con todas sus consecuencias. Que, en este caso, son muchas.

 

Zarabanda es, por inesperado, más una conmoción que un disco al uso. Se enamoró el de Huelva de la música barroca a partir de Todas las mañanas del mundo, la película que protagonizaba el hoy defenestrado Gerard Depardieu, y aquella banda sonora interpretada por Jordi Savall le arañó en lo más profundo del alma. De ahí la idea insólita y luminosa, o más bien deslumbrante, de hermanar el Siglo de Oro con los palos flamencos clásicos y otros más bien inventados, y de contar con letristas tan cualificados como ese tal Lope de Vega, artífice máximo, a nivel literario, de un álbum por el que también desfilan versos de Edgar Allan Poe (más admiraciones entre paréntesis) Ramón Andrés y el propio Cruz.

 

El resultado es un trabajo difícil, adusto e inesperado, pero sobre todo hermoso y, en último extremo, conmovedor. Extraño porque nada en él se ajusta a la norma, y no hay más que escuchar esa gaita o chirimía que introduce de manera tosca y emocionante el primero de los cortes, Te quiero con el alma, una malagueña con la que Sebastián deja clara su voluntad disruptiva y profundamente heterodoxa, mucho más contestataria, transformadora y alejada del canon de lo que muchos veinteañeros de aspecto fiero y transgresor serían capaces de formular aun en sus días de mayor rebeldía.

 

Influirá, sin duda, la dirección musical de Raúl Cantizano, ese guitarrista kamikaze y ajeno a la norma que exprimió al mejor Niño de Elche que hemos escuchado nunca. También la habrá venido bien a Cruz el asesoramiento artístico de un sabio como Pedro G. Romero, o el aval de la grabación bajo los auspicios de Winter & Winter, ese sello a través del que el alemán Stefan Winter hace causa común con la exquisitez. Pero en último extremo es solo Sebastián Cruz, y nadie más que él, quien rompe la voz y nos rompe el alma, el que concibe al tiempo barroco, jazz o una zanfona, ya sea en Nace la aurora o en ese epílogo para la lágrima que se titula Se me apareció la muerte.

 

Los flamencólogos se estarán quedando asombrados con los nuevos estilos de cantes, pero no hace falta dominar la sintaxis flamenca para empaparse de fervor y asombro, para descubrir a Händel detrás de una soleá como Arroyos sonoros y a Cruz como la voz más influyente del gremio en una larga temporada. No sabemos bien dónde ha estado metido todos estos años, pero queda claro que ahora ya lo querremos cerca siempre. Que en el oficio de matarife habrá quien le sustituya, pero en este otro no.

 

 

Sebastián Cruz presentará ‘Zarabanda’ el 29 de febrero en los Teatros del Canal de Madrid, dentro de la programación del FIAS

 

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