Uriah Heep representaban la intersección perfecta entre los (maravillosos) delirios progresivos y la confluencia con el “heavy metal”, a fin de cuentas un género de alumbramiento casi paralelo. A los “progs” no nos solía gustar el heavy y a la inversa, pero los años, la perspectiva y la revisión de discos como este han acabado obrando el milagro. De hecho, “Salisbury” se abre con una joya, “Bird of prey”, que durante los 30 segundos iniciales parece un anticipo de la Premiata Forneria Marconi hasta que el vozarrón de David Byron nos traslada al universo de Deep Purple. Así de híbridas son las cosas en este segundo disco extraño, convulso, fascinante como revoltijo. Seguramente extemporáneo, pero no por ello menos entrañable. Disparatado hasta en su portada: frente al gusto heavy por el logo reluciente y la parafernalia, las letras de la banda y del título del álbum parecen el garabato con el que se entretendría entre clase y clase un alumno de primero de BUP. Para este segundo álbum, Ken Hensley ya despuntaba como autor principal y responsable de las armonías vocales, y el batiburrillo permitía hacerle hueco a baladas que hoy casi llamaríamos “dream pop” (“The park”) y al estallido rock tras los prolegómenos folkies de la excelente “Lady in black”. Y en esas que dábamos la vuelta al álbum y nos enfrentábamos a los 16 minutos del tema central, extrañísima demostración de poderío sinfónico que no se ajustaba al canon del género. Más que una suite, parecía una larga improvisación a partir de una canción breve; y la inclusión de metales, tantos años después, aún no tengo claro si me parece una sorpresa o un disparate. Le tengo cariño a “Salisbury”, con todo. Aunque solo sea por su condición de bicho raro.

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