No pasa el tiempo por este disco bárbaro, corajudo, en gracia, que cumple ahora 20 años pero nos sobrevivirá con esa holgura insultante de las obras inequívocamente atemporales. Descubrí a Lucinda Williams por su espléndido álbum homónimo de 1988, que, como buen disco sin título, imaginaba el debut y era en realidad ya el tercero. Le perdí la pista cuando en 1992 entregó “Sweet old world”, muy interesante pero más desubicado. Y me la reencontré con esta colección bárbara ya desde el título, en el que se aunaban todos los significantes y significados, las denotaciones y las connotaciones: la carretera, las expediciones nocturnas, los caminos secundarios, las rutas poco frecuentadas, la autenticidad, la huella, el desamor, el pálpito del descubrimiento. El sur profundo, esa Arcadia. Habíamos dejado a Lucinda una década atrás como una estupenda cantante de country-rock: era imposible dejar de escuchar “Passionate kisses”, una de esas canciones perfectas que luego popularizó Mary Chapin Carpenter, otra dama que lleva tres décadas rubricando primores a puñados sin que muchos se acaben de enterar. Pero la mujer que derrapaba ahora en la gravilla tenía fuego y furia en la voz raspada, enseñaba el colmillo y la carne, dejaba hueco a la ternura pero exhibía un temperamento abrumador, fascinante, intimidatorio. Leías en los créditos un título como “Metal firecracker” y sabías que iba a ser una fabulosa llamarada. Lo era. Lucía ya no era campestre, sino profunda, turbia, embaucadora y, llegado el caso, cazallera. “Lake Charles” o “Drunken angel” eran narraciones en la tradición springsteeniana, que por algo coproducía Roy Bittan. Pero todo encajaba en su sitio, sonaba esencial y moderno. Hoy funciona casi como un “Grandes éxitos”: no te quieres saltar nada. Seguiremos reincidiendo todas las veces que sean necesarias.

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