En el tramo final de los años ochenta, ansiosos como andábamos de nuevas sensaciones, Cocteau Twins se nos hicieron carne como bendición y conmoción. Sus primeros discos eran sin duda interesantes, independientes, correosos: transmitían enigma dentro de su aparente desaliño, se desmarcaban de casi todo lo que pudiera resultarnos familiar. Pero Blue bell knoll superaba con creces todo aquello para erigirse en interrogante mayúsculo, inabarcable. Aquí ya no había manera de encapsular la obra en un estilo completo. La voz de Elizabeth Fraser se convertía en pura ensoñación y se duplicaba aquí y allá como si la sala se abarrotara súbitamente de isabeles. Entonces no habíamos oído pronunciar eso de dream pop, pero desde los estándares de hoy podríamos incluirlos en ese compartimento. Nadie les llegaría ni a los tobillos, eso sí, aunque han sido docenas quienes han intentado emular su hechizo. La voz era hipnótica; los títulos, inescrutables; los paisajes sonoros, densísimos. Había algún ingrediente de caja de ritmos, muchos teclados en aparente barullo, un fraseo que dejaba convencionales los laberintos melódicos a los que andábamos acostumbrados. A Cocteau Twins no sabíamos ni en qué anaqueles colocar, si en la colección principal de pop-rock o en la recién estrenada de nuevas músicas. El obstinato de teclados a la manera de un clave barroco que abría y definía el tema central producía un impacto imborrable. Pocos minutos después, Carolyn’s fingers era el mejor single de éxito imposible que habríamos imaginado nunca: esa voz de opereta delirante, las guitarras orondas a golpe de reverberación. For Phoebe still a baby era el perfecto complemento apaciguado, aunque las voces volvieran a superponerse como enredaderas. Y, ya en la cara B, una pizca menos memorable, el absorbente manta electrónico de A kissed out red floatboat. Con Cocteau Twins, de paso, aprendimos a amar el sello 4AD en un momento en el que aún no estábamos acostumbrados a memorizar también las discográficas. Dos años más tarde llegaría otro álbum no menos fabuloso, Heaven or Las Vegas, y, ya entrados en los noventa, la tenue decadencia en la disquera Fontana, una visita algo decepcionante a la sala Pachá de Madrid y la discreta disolución. No pasa nada: el bajista, Simon Raymonde, y el guitarrista, Robin Guthrie, aprovecharían para fundar el sello Bella Union. Dios les bendiga también por ello.

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