A los niños que fuimos había pocos rostros que nos produjeran tanta fascinación como el de Thomas Dolby en el vídeo de Hyperactive, donde se retrataba con gafitas redondas y los pelos disparados, como si fuera un científico chaveta que, además, acabase de meter los dedos en el enchufe. Si todo eso servía para ilustrar una canción tan histriónica, donde todas las voces parecían competir en agudos (Thomas por un lado y su invitada, Adele Bertei, por otro), el asombro se multiplicaba. ¿De dónde salía ese divino tarambana y, sobre todo, cómo daba forma a esas canciones en apariencia descoyuntadas pero, por encima de cualquier otra consideración, profundamente adictivas? Dolby debía de haber escuchado a los primeros Talking Heads, claro, pero también a B-52’s: solo en esa franja de perros verdes maravillosos podíamos encontrarle parangón. The flat Earth, el disco completo, resultó ser tan adictivo como su adelanto, y hasta puede que uno de los títulos que mejor haya resistido el paso del tiempo en aquella generosa remesa de pop sintetizado que inundó las tiendas durante la primera mitad de la década más despendolada. “Dolby” era en realidad un apelativo, en alusión a la marca para reducir el ruido en las grabaciones; el muchacho se llamaba en realidad Thomas Morgan Robertson y atesoraba ya, con apenas 25 años, una historia personal apasionante. Era hijo de un arqueólogo británico, lo que le llevó a nacer en El Cairo, empezó a estudiar Meteorología y era un geniecillo de las nuevas tecnologías, hasta el extremo de que se construía sus propios ordenadores. Todo ese bagaje supo traducirlo en este segundo álbum, que es fabuloso: tanto en la parte más funk y desmesurada, con la acidísima Dissidents, como en dos baladas de terciopelo (Screen kiss, I scare myself) y en la ambiental Mulu the rain forest, que parece escrita a medias con Peter Gabriel. Y todo para llegar al extraordinario tema central, que siempre me pareció un anticipo de lo que un par de años más adelante materializaría Paul Simon en Graceland. Dolby se fue diluyendo en proyectos menores y colaboraciones varias, pero, ojo, en 1985 les produjo a Prefab Sprout su Steve McQueen, uno de los discos más bonitos de la historia de la humanidad. Así que toda nuestra devoción.

 

 

 

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